viernes, 27 de noviembre de 2009

Pepe

Hace unos días en el blog de CAIA leí la historia de la lora Pepa, que me encantó, y recordé a mi Pepe.
Sí, yo también tuve un loro, les cuento:
Había viajado a Entre Ríos a pasar Navidad con un grupo de amigos...
Exactamente, para ustedes que leyeron el post del primer y único robo de mi vida, esto sucedió en el mismo viaje. Para quienes no se enteraron que alguna vez robé, pueden enterarse ACÁ, si tienen ganas.

Mi primera mañana en Concepción del Uruguay. Como de costumbre, mis amigos atorraban hasta el medio día. Como de costumbre, también, a las siete de la mañana yo ya estaba despierta y con ganas de hacer cosas.
Les dejé una cartita sobre la mesa. Una cartita de las mías. Quiero decir que comencé a escribir una notita y terminó siendo una carilla entera, con dibujitos además de texto.
De todos modos, como de costumbre, cuando volví de pasear, al medio día, ellos aún dormían.
Leyeron mi carta mientras desayunaban (conmigo).

Yo sé que esto no tiene nada que ver con la historia de mi loro, pero ilustra claramente mi estilo de escribir notas que terminan siendo cartas, mi falta total de síntesis, y la razón de que mis post siempre resulten largos.

El paseo de esa mañana fue maravilloso. Recorrer una ciudad que no se conoce, dejarse llevar, tiene un sabor muy particular.
Caminé por el barrio, por el centro, y luego fui al río.
Mientras volvía para la casa de la mamá de mi amigo pensaba en lo lindo de las ciudades del interior... en el ritmo vital sin el vértigo de Buenos Aires, en ese modo intenso y verdadero de vivir cada minuto, en esa serenidad que hace a la gente del interior tan diferente a la de la capital.
En mi trayecto había conversado con algunas personas, todas me resultaron amables y cordiales. Todas me habían sonreído.
En el mismísimo momento en que yo pensaba "qué buena es esta gente" escuché que alguien me gritaba:

- Loro !!

Miré hacia todos lados pero no encontré al que gritaba. Seguí caminando y de nuevo:

- Loro !!

Y ahí lo vi, un tipo con unas cajas que me miraba y me gritaba:

- Loro !! Loro !! ... Loroooooooooo !!!

No dejaba de mirarme y gritarme. Bueno, no voy a volver a escribir su línea de diálogo, a esta altura ya saben que no paraba de gritarme "Loro".
Pero cómo me va a agredir de esta manera? -pensé- Yo no soy ningún bagayo! Y con sus gritos me viene a arruinar el paseo y mi hermosa teoría sobre la buena gente del interior !!
Me acerqué y se dio este diálogo:

- Buenos días, usted me hablaba a mí?
- Sí, señorita. Vendo loros, no quiere comprarme uno?


Morí de risa !! Le dije que no, que muchas gracias, me preguntó de dónde era y charlamos un rato. Resultó un señor muy agradable.

Mientras los chicos desayunaban, una vez que terminaron de reírse de mi carta (cariñosamente, claro) pasé a contarles lo sucedido.
Nos reímos mucho, reflexionamos sobre los prejuicios que cargábamos los que vivíamos en la capital, aún habiéndonos criado lejos, y de lo difícil que resultaba superar esos prejuicios...

Por la noche, la sobrinita de mi amigo me trajo un regalo.
Todos estaban muy atentos cuando yo abría el paquete, y se escucharon las fuertes carcajadas cuando encontré en la cajita un hermoso loro.
En un arranque de originalidad creativa lo bauticé Pepe.


Desde el primer momento nos sentimos cómodos y atraídos mutuamente. Todo el tiempo estaba en mi hombro y dormía sobre mi mesa de luz.
Al volver a Buenos Aires la convivencia con mi gata Laurita no resultó del todo bien, ya que Pepe estaba celoso y pretendía exclusiva atención.
A la semana volví a viajar a Entre Ríos, a llevarle a Pepe a la sobrina de mi amigo y con ella vivió todos los años de su plumosa vida.

En realidad, cuando comencé a escribir, pensaba que iba a hacerlo sobre la semanita de convivencia de Pepe y Laurita.
Fue una corta convivencia, pero muy rica en anécdotas. Incluso dio material para algunas tiras de historietas que en su momento dibujé.
Pero, como de costumbre, mi falta de síntesis me traicionó. Quedará como tema de algún post futuro.

Que tengan todos un hermoso fin de semana.
Shabat Shalom !!!



sábado, 21 de noviembre de 2009

De vacunas y estaturas...


Canción de la Vacuna - M.E. Walsh


Me he dado las vacunas contra la gripe.
Luego de dudar bastante, decidí hacerle caso al médico por esta vez.
La enfermera encargada de vacunarme me atendió muy cordialmente, me explicó todo lo que me tenía que explicar, y me inyectó: en el brazo izquierdo la de la gripe común, en el derecho la de la gripe "A".


Después me hizo algunas preguntas y fue anotando mis respuestas, me felicitó y alentó en mi objetivo de dejar definitivamente el cigarrillo, me tomó la presión arterial y... me indicó la balanza !!

Nooooo -pensé- la balanza no!!! No me arruines el día, muchacha!!!
Pero obviamente no le dije lo que había pensado, y me paré en la odiada báscula, una de esas modernas, digitales, que tienen un medidor de estatura (no sé cómo llamarlo) que no sé exactamente cómo funciona.

El peso pasó a un segundo plano, si tengo que ser sincera, ni llegué a mirar cuánto peso. Algo mucho más grave llamó mi atención.
Cuando vi que según ese monstruo digital yo mido 1,56 metros.... sentí que el estómago se me estrujaba, arrugaba y endurecía, mis piernas temblaban, mis manos transpiraban, y mi columna se doblaba (todo a la vez)


Yo sé muy bien que llegada cierta edad comenzamos a achicarnos. Pero falta mucho tiempo para que llegue a ser esa viejita que andará por las calles alimentando gatos y juntando cosas de la basura para reciclar...

Desde siempre he medido 1,595. Bueno, no desde siempre, claro, no nací con esa altura, como se imaginarán. Quiero decir que desde que llegué a esa altura la he mantenido.
La última medición me la hizo el médico, hace un poco más de un año. Y aún medía un metro, con cincuenta y nueve centímetros y medio!!!
Es muy importante ese medio centímetro, que me ha permitido redondear la cifra y declarar un metro sesenta, en varias oportunidades... Ustedes dirán que medio centímetro no cambia en nada la cosa, pero cuando una es petiza, ese medio centímetro es muy valioso, y poder redondear al metro sesenta es todo un logro.

La enfermera me advertía que podía llegar a tener unas líneas de fiebre, un poco de dolor de cuerpo, etc etc, que eso era normal, bla bla bla bla bla..., yo la miraba sonriente, asintiendo con mi cabeza, pero dentro de mí lo único que importaba era esa medida de estatura que me carcomía como símbolo de vejez que se venía encima como el piano acme sobre la cabeza del coyote.


Mientras caminaba de regreso a casa elaboré una minuciosa lista de posibilidades, que iba desde las genéticas (tendría que llamar a mi madre y averiguar bien este tema), pasando por la culpa de no estar haciendo ejercicios de elongación, como corresponde a una mujer de mi edad, y llegando a las últimas razones posibles: una burla cruel del destino, o bien una brujería.

Lo de la brujería fue descartado rápidamente, no creo tener enemigos que se molesten en hacerla ni tampoco creo que existan brujerías que logren achicar a una persona.

Finalmente, luego de darle vueltas y vueltas al asunto, llegué a la única conclusión razonable: esa balanza está rota, midió mal!!!!


Les deseo a todos que tengan un muy hermoso y pleno fin de semana.
Quienes quieran dejarme abrazos en los comentarios, con suavidad, por favor, que me duelen las vacunas!!


sábado, 14 de noviembre de 2009

Hola !!


Después de unas largas vacaciones, que resultaron más largas que vacaciones, aquí me tienen, actualizando nuevamente el barquito.
Fue un tiempo intenso de cosas buenas y malas. Como siempre, bah...

Entre las cosas buenas, la más destacable fue cumplir un año de amor. Contra viento y marea seguimos felices y dándole para adelante.

Entre las malas, algunas muertes que me voltearon un poco.
La última noticia de muerte fue algo raro, porque no se trató de un afecto, de alguien de toda la vida, ni siquiera de un amigo... sin embargo me dolió mucho.

Yo iba rumbo al mercadito de los beduinos, cuando me atajó el hijo del verdulero y me preguntó si iba para allá, y me avisó que estaba cerrado.
Cuando le pregunté la razón, me dijo que había muerto uno de los muchachos.
Me dijo que era el que estaba siempre en la caja y las piernas me temblaron. Un muchacho tan joven!! Treinta y dos años, me dijo el hijo del verdulero.
Qué pena. Ya no tendría con quién hablar sobre lo difícil que se hace dejar el cigarrillo, festejando el logro de varios días sin fumar, o reírnos por alguna pavada.
La relación no daba para más que eso, porque mis conocimientos de hebreo apenas dan para eso...

No era la noticia de la muerte de un amigo, ni la de la madre de una amiga de toda la vida, ni la de una ex alumna, pero por alguna razón me dolió muchísimo. Tal vez en esa muerte volvía a sentir todas las muertes del mes, no lo sé...

Me quedé muy triste, tanto que hasta me costó volver, pasada una semana, a comprar leche al mercadito...
Mientras caminaba hacia allá recordaba las veces que el muchacho escuchaba mi mp3 para conocer la música que escucho, o buscaba especialmente para mí las galletas de arroz...
El mercadito ya no sería lo mismo, sin mi cajero amigo.

Cuando llegué, lo primero que vi fue su cara sonriente que me saludaba. Está vivo!!! Sí, está vivo!!!

Después me enteré que el que había muerto era otro de los muchachos, pobre.
Se ve que el pibe de la verdulería se confundió.
Ojalá todas las muertes de este mes hubieran sido noticias equivocadas...

En fin, a vivir la vida, que es bella y es corta!