lunes, 31 de enero de 2011

Fiesta!!!

Se me hizo tarde, tuve problemas técnicos y la música no está, no tengo tiempo y ya me han dejado mensajes con buenas ondas por el cumpleblog...



Mejor me doy un bañito...



Me pongo bella como una estrella...


Y ahora sí , que empiece la fiesta!!




Les agradezco de todo corazón a ustedes que me visitan, me apoyan, me dan  fuerzas y motivos para seguir adelante.
Sin ustedes, nada de esto tendría sentido...





No voy a hablar de lo que el blog significa para mí porque ya todos lo saben y no tengo ganas de aburrirlos.
Hoy estoy feliz, como cada año cuando llega esta fecha y se juntan los festejos.
Este año, por muchas y variadas razones, recibo mi cumpleaños con mayor alegría y agradecimiento que nunca.


Pasen, diviértánse, están en su casa!!!
Y como la música falló, espero que me regalen algún temita para alegrar la fiesta.


Y a las 12 de la noche, miren por las ventanas, porque verán algo muy lindo...

 
Abrazos y besos para todooooos!!!!








sábado, 29 de enero de 2011

El señor adolorido

El título de este post es el que en un principio había nacido como el de una obra de teatro. Una de las muchas obras de teatro que se me ocurrieron mientras estuve internada y que tenían una gran originalidad, creatividad y en su momento me parecieron brillantes.
Luego me di cuenta de que las maravillosas obras de teatro que nacieron en mi mente no eran fruto de mi creatividad, sino de los opiáceos que me daban para calmar los dolores.
Con narcóticos o sin ellos, tal vez en algún momento me decida a escribir esas obras teatrales. 
Por ahora les contaré la historia de uno de los personajes.


Una de las primeras noches en la sala de terapia intensiva, trajeron e instalaron frente a mi cama a un señor que se quejaba constantemente.
Al rato de haberlo puesto en su cama, el señor comenzó a gritar de un modo muy angustioso, signo de que se  estaba muriendo de dolor.
De inmediato se presentó una de las enfermeras y cerró la cortinita. Se podía escuchar que hablaban en ruso. Él hablaba en un grito, en un llanto, en una queja...
La enfermera se retiró y el señor seguía gritando, cada vez con mayor volumen, intensidad y expresión.

Los enfermos que estaban a un lado y otro lado de su cama, le chistaban todo el tiempo para que no gritase tan fuerte.



Era un hombre joven, de unos cincuenta y cinco años, aproximadamente. 
A pesar de estar recién ingresado tenía buen semblante. Por alguna razón que yo ignoraba, no tenía caños ni drenajes puestos. Sólo los cables del monitoreo cardíaco.
Por momentos lo escuchaba gritar a la vez que lo veía girar hacia un lado y a otro en su cama. No entendía cómo podía, ya que el dolor era demasiado fuerte como para permitir ese movimiento, pero pensaba que su desesperación era tan grande que no podía evitar el movimiento...

Hubo un momento en la noche en que el señor adolorido comenzó a gritar desesperadamente. Escucharlo quejarse era muy angustiante. 
Sumar al dolor físico la impotencia de sentir que alguien está sufriendo mucho más aún y no poder ayudarlo, es realmente algo muy feo, y llega un momento en que pesa más el sufrimiento del otro que los propios dolores.

Nos mirábamos con la viejita de la cama de al lado. A las dos nos estaba dando muchísima pena el pobre hombre y las dos estábamos sintiendo la misma impotencia...

Lo raro es que las enfermeras no acudieran a ayudarlo. 
Raro, realmente rarísimo. Porque la atención era  excelente y todas las enfermeras estaban muy atentas a todos y en todo momento.

Pasado un largo rato se acerco Karina, una enfermera estilo vedette con una voz muy sugestiva, le cerró su cortinita por completo sin darle la más mínima bolilla, y nos preguntó a la viejita y a mí si necesitábamos algo, agua, o lo que fuera, con total amabilidad y dulzura.

Interpreté la actitud de la enfermera como un modo de dejar claro que este hombre estaba exagerando un poco. Pero pensé que es imposible saber hasta dónde duele o no algo. 
Todos tenemos diferentes sensibilidades, y también diferentes niveles de tolerancia al dolor. Si este hombre realmente no daba más??

Cuando el señor adolorido quedó en silencio la enfermera se acercó a verlo.





En la mañana, como todas las mañanas, pasó el enfermero de peluquín a sacarnos sangre para los análisis. Colocaba una agujita con una especie de mariposa del lado interno del codo, y de ahí llenaba todos los tubitos.

Cuando le llegó el turno a mi vecino de enfrente no pude creer lo que mis ojos veían!! 
En un principio se negaba a la extracción, como si fuese un niño! 
Luego pegó un grito terrible mientras el enfermero le ponía la agujita, acompañando esto con exageradísimos  gestos en su rostro, como si lo estuviesen torturando.
Una vez que el enfermero terminó su trámite, el hombre quedó tomando su brazo con la otra mano, gritando repetidamente, como la noche anterior, mientras giraba hacia un lado y otro lado. Nuevamente me preguntaba cómo hacía para moverse tanto...

En un momento lo vi como uno de esos futbolistas que se agarran el pie y giran hacia un lado y al otro, exagerando alevosamente... 

Nos miramos con la viejita de al lado y nos matamos de risa!!!





Más tarde me enteré de que ese señor no estaba operado del corazón. Estaba internado en esa sala para tener seguimiento cardíaco, pero había pasado por una laparoscopia de vesícula.
Al enterarme de esto, tuve ganas de gritarle: No podéssss!!!!

Y me quedé reflexionando... 
Muchas veces quienes más se quejan de sufrimientos, tanto físicos como emocionales, son quienes menos sufren. 
O incluso quienes hacen sufrir a los demás...










Importante Recordatorio


El día 31 de enero este blog cumple sus primeros tres añitos.

El día 1 de febrero yo cumplo mis primeros 48 añitos. 

Habrá celebración, como corresponde!!!






sábado, 22 de enero de 2011

Volviendo al ruedo

Hola, mis queridos amigos!!! Hoy escribo aquí para contarles que cada día estoy un poquito mejor y poniéndole onda a la cosa. 
Si me vieran subir las escaleras onda Speedy González disfrutarían conmigo del cambio logrado desde que vine del hospital.
Falta bastante aún y tengo que poner buena actitud y paciencia. Esa es la lección más difícil para mí, estoy ansiosa por hacer todo como antes y a la velocidad de antes. Necesito cambiar mi cabeza y lo estoy intentando.

Me siento muy feliz. Tengo el amor y el apoyo de amigos de fierro que me cuidan y me miman y están pendientes de mí todo el tiempo. Me refiero a los que están acá y también a los que desde lejos están tan cerca.
Aunque no he contestado todos los comentarios, el leerlos y releerlos me ha dado mucha fuerza en todo momento, lo mismo que tantos mail, fotos, tarjetas, regalitos, de ustedes todo el tiempo. 
No sé si ustedes sabrán lo verdaderamente importantes que son para mí y lo mucho que ayudaron a que todo saliera muy bien, y  que siga recuperándome de buen modo. 
Estoy muy agradecida y eso hace que me sienta más feliz aún, los amo con todo mi corazón!!


La mandarina más rica de mi vida


En la semana posterior a la operación, cada movimiento implicaba un desafío que requería de mi gran voluntad, mi creatividad y flexibilidad y obviamente también una gran dosis de tolerancia al dolor o coraje para pasarlo...
Así, sentarme y levantarme del inodoro cada vez que tenía que hacerlo, por dar un ejemplo, significó un logro total que celebré con más alegría que la que sentí al obtener mis títulos universitarios.

Algo les dije sobre la comida del hospital: que era asquerosa. 
Sólo hay una cosa que agregar a esto, y es el detalle de que los horarios no eran los acostumbrados. 
El desayuno lo servían tempranito y el almuerzo al medio día. Pero la cena la daban a las 18.30 horas y cuando llegaban las diez de la noche yo estaba famélica.

Para resolver esta situación, se me ocurrió encanutarme la mandarina de la cena, para comerla a la noche, cuando el hambre me hiciera cantar la panza. 

Ya en una oportunidad les conté mi experiencia como ladrona. Los que recuerden ese post sabrán que no me resultó nada fácil la sustracción de la fruta y lograr que mi rostro no expresara mis intenciones.
Lo primero que hice fue esperar el momento en que nadie miraba hacia mi rinconcito. 
Cada vez que me parecía el momento indicado alguna otra internada me preguntaba algo o pasaba la enfermera a ofrecer más pan.




 Con la mano temblorosa, en el momento preciso, tomé la mandarina y la coloqué en la mesita de luz, debajo de la máscara de oxígeno. Luego volví a tomar agua y poner la mejor cara de "ya terminé de cenar".
Por suerte la chica que retiraba las bandejas hacía su trabajo de un modo automático, y no registró la falta de las cáscaras de fruta. Suspiré aliviada y tomé conciencia de que esto era algo fundamental para mí, pero para el resto del universo la presencia o ausencia de mi mandarina no tenía la más mínima importancia.

El enfermero con peluquín (un dulce) pasó a ayudarme para que volviera a acostarme, mientras llegaba la gordita que nos daba los medicamentos.

Mientras la gordita se acercó a la cama de la señora que estaba a mi lado, sin darse cuenta movió con suficiente fuerza su cadera contra mi mesa de luz (le dio un culazo a la mesita, bah!) y mi mandarina cayó al piso y rodó aproximadamente un metro y medio, quedando cerca del final de mi cama, a la vista de todo el mundo que pasase por allí.

Qué horror!! No sabía qué hacer. No había comido mi fruta para dejarla para la noche, y los acontecimientos parecían castigarme y dejarme sin postre. Tenía que encontrar el modo de recuperarla sin que nadie lo advirtiese. Tenía que usar mi gran inteligencia para lograrlo (?)

Lo primero que hice fue sentarme en la cama. Sentarme sola implicó moverme muy despacito, ir girando sobre el brazo que no tenía operado y contener el aire (y el grito)  en el momento de incorporarme. 
Luego de eso fui dando pequeñísimos pasitos al costado, con la cola y con los pies, como para acercarme a mi amada clementina. 
Cuando ya estaba bien cerca apareció un médico que me sonrió sorprendido porque me había incorporado sola y me preguntó si no me dolía. 
Mi única respuesta fue una amplia sonrisa, y él se fue.




 Despacito despacito, mi pie derecho llegó hasta la fruta y con sumo cuidado la fue girando y acercando a la altura del borde de la cama. 
El plan era perfecto: aprisionaría la mandarina con mis dos pies, luego me inclinaría hacia atrás en la cama, apoyándome sobre el brazo potable, mientras al mismo tiempo los pies subirían y depositarían el dulce botín sobre el colchón. Después vería el modo de llegar con mi mano hasta ella.

El plan era perfecto, pero no contaba con que en el momento de ejecutarlo llegasen a internar otra enferma. 
No había otra opción que acelerar el proceso y subir la fruta al colchón. Así lo hice. En pocos segundos estaba acostada, con la mano doblada bajo mi espalda y con tanto dolor en todas partes que ni se me ocurría hacer nada para liberar la mano atrapada. Entre mis pies se hallaba mi objetivo y yo sonreía contenta, pese a todo.

Luego de un rato pude sacar mi mano, acomodar un poco más derecho el cuerpo y correr el pie hacia afuera y arriba para arrimar la mandarina a la mano.

Pasadas unas horas, disfruté de mi fruta. Les aseguro que esa fue la mandarina más rica de mi vida !!!