lunes, 27 de junio de 2011

Arte Poética

Amo la poesía desde siempre. 
Tenía diez años y ya pasaba tardes enteras en la biblioteca, acompañada por Juan Ramón Jiménez, Alfonsina y Lorca, entre otros.
Cuando conocí a Alejandra Pizarnik sentí una revelación profunda. 
Mi adolescencia se dividió en antes y después de Alejandra.

En algún momento de mi vida escribí poesía. Quién no? El enamorarnos nos hace creer poetas... Pero siempre tuve el buen criterio de guardar mis papeles en el cajón y disfrutar lo que escriben los que sí saben hacerlo.

Me considero un alma sensible al arte en general, aún aquellas disciplinas de las que no entiendo absolutamente nada y me resulta muy pero muy molesto tener que presenciar faltas de respeto en nombre de la libre expresión. Por mí que todos hagan lo que quieran, pero por qué tengo que ser espectadora?


 
La conocí en Mar del Plata, en un encuentro de estudiantes de teatro que duró una semana. 
En un momento estúpido de los que suelo tener comenté que amaba la poesía, que podía estar horas leyendo, que me nutría el alma y no sé cuantas otras cosas de las que me arrepentí profundísimamente.
Ella se ofreció entusiasmada a leerme su producción artística y antes de que pudiera responderle ya estaba castigándome con uno de sus versitos.
No valió de nada que le explicase que yo no soy una entendida, tampoco que le aconsejase tomarse una etapa de soledad para para releer todos sus trabajos para pulir y descartar (y descartar, y descartar, y descartar... )

Asesina del arte, coleccionista de frases hechas y lugares comunes, especialista en hacer rimar diminutivos o en terminar cada verso en un infinitivo, tenía la cara más dura que una bigornia y fue la tortura que arruinó esos días maravillosos. Para decirlo en su estilo, la nube negra que ensombreció mi horizonte soleado.

No había modo de evitarla, se las ingeniaba siempre para encontrarme y a pesar de mis mil modos de rechazo, insistía sádicamente.

Una tarde, mientras yo montaba las luces para la representación de esa noche, esta chica de la cual no recuerdo su nombre, se subió a una tarima, libretita en mano, a declamar sobre rosas hermosas, margaritas marchitas y corazones rotos en mil pedazos.
A través del vidrio yo podía ver a mi amiga Alejandra, que me hacía burlas y reía de mi desgracia. Detrás, el mar. Juro que pasó por mi mente la fantasía de sumergir a este insoportable personaje, con un yunque atado al cuello!

En otro momento, yo estaba en la ducha del vestuario, tarareando alegremente mientras me enjabonaba, cuando de pronto vi su sombra acercarse, con la temida libreta...



Entré en pánico, me enjuagué mal el pelo, me sequé así nomás, y salí corriendo. Huí de sus lluvias renovadoras, caricias anheladas y sobre todas las cosas de ese amor para siempre que le hacía ver todo color rosado, sin olvidar los oh, ah, y ay que daban sabor a la cosa.

El último día del encuentro llegaron las despedidas, los intercambios de direcciones, las promesas de visitas a las distintas ciudades del interior que la mayoría de las veces quedaban en la nada.
No sentí la más mínima culpa cuando le di una dirección falsa a la falsa escritora.
Y supongo que todos debemos haber hecho lo mismo.